La forma “histórica” de lograr encargos de trabajos a través
de “contactos” y relaciones personales es real, como siempre lo
fue, pero no es suficiente para que un estudio de arquitectura subsista y logre
mantenerse activo, si pensamos en los próximos años, y no sólo
en los próximos meses.
El paso “clave” para poder mejorar nuestra forma de conseguir trabajos
es, lógicamente, planear una estrategia para lograr encargos, y luego,
llevarla a cabo.
Debemos “sacarnos de la cabeza” eso de que “viene un comitente
y te encarga que le hagas una casa, un laboratorio o un local”, por el
simple hecho de que soy arquitecto, amigo de un amigo.
Cada arquitecto debe proyectar una estrategia para contactar potenciales clientes
y debe dirigir su ejecución hasta lograr el objetivo buscado: convertir
a esos potenciales en clientes.
Lo primero de una estrategia de marketing, y generalmente lo más crítico,
es el “reciclaje mental” que debemos hacernos los arquitectos.
Debemos convencernos de que el futuro económico de nuestro estudio (o
empresa) no puede depender de la casi “mágica” aparición
de un comitente porque vio un cartel de obra nuestro (¿tiene carteles
en obras que llamen la atención e inciten a alguien a contactarlo?) o
porque lo mandó un antiguo cliente (¿cuánto hace que no
visita a sus antiguos clientes?). Estas situaciones raras veces aparecen, y entonces
nos preocupamos por la situación económica, la cantidad de arquitectos
que somos, la competencia con otros profesionales y técnicos, etcétera.
Plantear una estrategia de marketing significa ocuparse de proyectar una
forma de conseguir encargos de trabajos, partiendo de la base de que hay
que romper la inercia, dejar de esperar y salir a buscar, sin descartar en
absoluto la realidad y el contexto en el que vivimos, que más que características actuales
son históricas permanentes.
¿Cómo empieza esto?
Con un honesto autoanálisis (personal, profesional y comercial) de lo
que uno puede ofrecer, determinando cuáles son las ventajas y beneficios
para un potencial cliente que decida contratarnos. Lo siguiente, en función
de ese análisis, es fijar objetivos concretos, realizables y posibles,
planteando etapas. El planteo debe ser “yo necesito, yo debo” y no “yo
quiero”.
Paralelamente aparece una cuestión básica: determinar quiénes
son los potenciales clientes.
Convengamos que en todas las entidades y todas
las empresas tampoco lo son. Entonces, lógicamente, no tiene las mismas
necesidades, las mismas expectactivas, las mismas exigencias de tiempos, el mismo
nivel socioeconómico ni cultural, ni los mismos “sueños”.
Para lograr una respuesta positiva a una estrategia de promoción de los
servicios que uno ofrece, es necesario diseñarla en función de
grupos determinados (mercados, objetivos), teniendo en cuenta sus potenciales
necesidades, y fundamentalmente, “su lenguaje”.
Aunque parezca que hasta aquí hay mucho trabajo para hacer, la tarea
recién comienza. Hacerse un análisis personal/profesional, fijarse
objetivos realizables y controlables, definir a qué tipo de personas
o empresas se dirigirán sus acciones es sólo el principio.
El paso siguiente es diseñar una estrategia de promoción para
que esos potenciales clientes se enteren de lo que uno ofrece.
Se deben diseñar las herramientas de promoción para que éstas
influyan sobre el mercado elegido y lograr el objetivo buscado: conseguir entrevistas,
a través de ella obtener otra y otra hasta lograr un encargo de trabajo,
que es el objetivo buscado.
Para lograr esto hay que convertir al “estudio” en “empresa”,
no asustándonos por la palabra, que tal vez parezca “grande”,
sino convenciéndonos de que una empresa por pequeña y unipersonal
que sea, ya que venda servicios o productos, necesita como mínimo de
tres sectores: producción, administración y ventas.
Desde siempre la mayoría de los estudios estuvieron compuestos por un
solo sector: el de producción del proyecto y dirección de la
obra.
A ese sector hay que incorporarle los otros dos, no necesariamente en personas
a cargo o en espacios físicos, sino en horas de dedicación para
cada tema: horas para organizarse, horas para promocionarse y venderse y horas
para desarrollar los encargos conseguidos.